POST DE PRUEBA 04

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El conflicto entre la plataforma de streaming que está revolucionando la industria y el festival de cine más prestigioso del mundo ha resurgido estas semanas previas al comienzo de la 71ª edición del certamen en Cannes. La presencia de ‘Okja’ y ‘The Meyerowitz Stories’ en la sección a concurso del año pasado generó muchas críticas en el sector cinematográfico, dentro y fuera de Francia. El principal motivo de las quejas fue el hecho de que Netflix no suela estrenar sus películas originales en salas (sólo en contadas y concretas sesiones para poder optar a los Oscar) y, si lo hace, ese estreno es simultáneo al estreno en su catálogo de streaming.

Considerando que la ley francesa requiere una ventana de 36 meses entre el estreno de un título en salas y su disponibilidad en SVOD (vídeo bajo demanda en suscripción), Netflix decidió no estrenar en cines las películas de Bong Joon-ho y Noah Baumbach, lo que provocó un rechazo tal que en las proyecciones de estos títulos en el festival se abucheaba el logo de Netflix. El festival, que tiene a varios exhibidores en su junta, anunció posteriormente que se añadiría la obligación de distribución en salas francesas a los requisitos que deben cumplir los títulos a competición.

Al comprobar que en la presente 71ª edición se aplica dicha norma, Netflix no sólo no ha entrado en la sección oficial sino que además ha retirado todos sus originales de la programación, incluso aquellos elegidos para secciones y categorías que no se ven afectadas por la regla de distribución. Alguno pensará que es una respuesta demasiado agresiva, que Netflix está desperdiciando la notoriedad y el prestigio que adquiere un título a su paso por el Festival de Cannes por una problemática que sólo le afecta en territorio francés. Sin embargo, lo que Netflix refuerza de esta manera es la prioridad de ser coherente con su modelo de distribución, defenderlo y dar valor a la relación creada entre el servicio y los suscriptores.

A partir de este caso concreto entre Netflix y Cannes, este conflicto se ha convertido en una alegoría del debate cada vez más recurrente (y necesario) sobre el pasado y el futuro de la industria del cine. Son dos extremos muy opuestos que simbolizan la etapa de crisis en la que está entrando una industria que necesita revisar qué considera cine -arte- y cómo es la experiencia cinematográfica en la era digital.

Una parte del sector defiende que las salas de cine son una parte esencial de la experiencia, que el cine como arte adquiere su gran valor en la oscuridad de una sala de cine. Otros alegan que hay que respetar y proteger las dinámicas y agentes actuales del mercado porque llevan funcionando mucho tiempo.